
El niño jugaba a los dardos en su habitación. Estaba a cargo de su abuela; sus padres trabajaban. El niño era hijo único; adicto a los dardos y a la leche chocolateada.
La abuela del pequeño le preparaba el almuerzo y la merienda (eran los tiempos horarios en que lo padres de este no se encontraban en la casa y en que el niño volvía del colegio, en un remís contratado por los mismos). El pequeño comía gustosamente la comida del mediodía y le contaba a su abuela las cosas hechas en el colegio, con sus amiguitos y profesores.
A la tarde tomaba la merienda y luego hacía la tarea y después jugaba a los dardos (una afición para él; los padres sabían de su habilidad para este juego).
Una tarde faltó la leche chocolateada. Su madre ni su abuela se habían acordado de reponer este producto, esencial para el pequeño.
El niño le dijo a su abuela que sin leche chocolateada no tomaría el desayuno. La abuela le insistió en que fuera a tomarlo, que ella le prepararía un rico jugo de frutas naturales y que le serviría galletitas dulces. (Era invierno, llovía y hacía un frío que helaba hasta los huesos, por lo que la abuela no podía salir a comprar la leche chocolateada).
Finalmente, el niño se quedó en su habitación jugando dardos, con lagrimeos en sus ojos. La abuela, a dos horas que los padres llegaran de sus trabajos, golpeó la puerta de la habitación del pequeño. Este le dijo: ¡vete, no quiero verte! ¡Sos mala! Y la abuela insistió. Al fin entró sin golpear; el niño, en un ataque de furia, estiró el brazo hacia atrás, con un dardo en la mano e hizo impulso para que este terminara clavado en un ojo de la anciana, que parecía un cántaro de sangre. El niño, desesperado y arrepentido, no sabía qué hacer. De repente, recordó que sus padres tenían anotado, a un lado del teléfono, los números telefónicos de sus trabajos y celulares. El niño, muy nervioso, marcó el teléfono celular de la madre, le explicó, algo confuso, lo sucedido y la madre abandonó el trabajo para ir rápidamente a asistir a la abuela. Desde su celular llamó a una ambulancia. Cuando la hija de la anciana llegó, esta ya estaba dentro de la ambulancia, siendo asistida por médicos. Luego fue trasladada hacia el hospital más cercano.
La abuela se recuperó pero perdió la vista del ojo izquierdo. Pasados tres meses…
La abuela cuidaba del niño. Luego de la merienda entró a la habitación del pequeño y lo abrazó. Pero el niño no se percató que la anciana tenía, en una de sus manos, un dardo. Fue cuestión de un instante en que la anciana apretó fuerte el dardo contra el estómago del niño. Este murió desangrado.
La anciana fue condenada a veinte años de prisión. Murió en la cárcel.