lunes, 24 de noviembre de 2008

EL SEGADOR

Estaban en el campo de trigo, dos niños acostados en el pastizal. Por los crecidos trigos, no se veían sus pequeños cuerpos. Miraban, en tal día soleado, algunas nubes que danzaban por el celeste. Miraban sus formas, sus secretos, y disfrutaban del candor del sol, que iluminaba toda la tierra donde vivían y daba calurosas caricias a sus rostros y cabellos. Los niños seguían recostados en el campo de trigo. Los padres no los veían desde su cabaña pero estaban acostumbrados a que ellos se recostaran a mirar el cielo y conversar cosas de niños.

Una segadora de trigo andaba lejana segando trigo. El tractor se movía de una punta a otra del campo. Los niños habían quedado dormidos a la intemperie, entre los trigales. Era la hora de comer y, como de costumbre, el padre los llamó con fuerza para que despertaran. Pero los niños no despertaban; estaban sumidos en un sueño profundo. De repente, un fuego empezó a quemar la segadora en la parte de su motor, sin embargo seguía funcionando. El segador saltó rápidamente, temiendo que el tractor estallase. El padre, confundido entre los niños que no aparecían y la segadora a punto, tal vez, de estallar, se encontraba desesperado. La madre, al oír los gritos del padre y del segador, salió corriendo afuera de la cabaña, hasta donde se encontraba su marido.

El padre de los niños pudo divisar una parte del campo donde los trigos estaban abollados, de seguro ahí se encontrarían los pequeños hijos, recostados y durmiendo. El hombre alertó al segador, que se encontraba en medio del campo a que fuese en busca de sus pequeños ya que el tractor estaba por estallar (era evidente, debido a la cantidad de fuego encendido en el motor). La segadora seguía su curso hacia donde se encontraban los pequeños. El segador corrió con toda su prisa, detrás de él el padre; la madre de los niños largó en llanto y se desplomó en el suelo de losa del patio de la cabaña, atenta a lo que sucediese. El segador corría cual una gacela. ¡Niños! ¡Niños! – les grito el mismo, una vez cerca de ellos. Ahí fue cuando los pequeños despertaron y vieron, de súbito, a la segadora a tan sólo algunos metros de sus cuerpos cansados. Ambos se levantaron pero antes que pudiesen estar de pie, el segador saltó hacia ellos y los empujó, evitando así una desgracia para ellos. Pero él, quedó arrojado entre los trigales aplastados. Cuando se incorporó tenía todos los filos de la segadora en su cara: la muerte fue instantánea, ya que el mismo fue triturado por el tractor, que a los segundos de triturarlo estalló en pedazos envueltos de fuego.

Al día de hoy, los pequeños y sus padres siguen viviendo en la misma estancia. Los mismos y los vecinos de la campiña, recuerdan con honor al gran segador que salvó la vida de dos pequeños niños.

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