
El accidente causó la muerte de la madre de Luz, una dulce niña de tan sólo diez años. El padre de la misma tuvo un trauma tal que se vio en la voluntad obligada de comenzar una terapia con un psiquiatra. La niña, raramente, soportó la muerte de su madre, aunque todas las noches soñaba pesadillas y necesitaba que el padre le contara unos cuentos infantiles que, a veces, le quitaban esas pesadillas. Una vez que la hija se dormía, el hombre se iba a fumar cigarros y tomar güisqui. Se encontraba de licencia en su trabajo de banquero.
Era común, desde el desvarío mental, que, por las noches, el hombre viera al fantasma de su esposa. También que el mismo oyera voces. En fin, el equipo terapéutico le recomendó al hombre que dejara en buenas manos a su hija Luz y que él se internara en un neuropsiquiátrico, por un tiempo hasta que pasara la crisis cerebral. El hombre lo pensó mucho, varios días, aunque no más de una semana. Y por fin se decidió: dejaría a su hija en la casa de su hermano y él se internaría.
El día de mañana lo haría. Su hija empezaría a vivir por un tiempo indeterminado, hasta que él se repusiera, en la casa del tío. Esa noche estaba desvelado, la hija durmiendo. De repente, una voz le susurró al oído: te odio, te odio, grrrrr, muerte, muerte. El hombre se dejó caer en un rincón del living de la casa (donde estaba fumando, tomando güisqui a montones). Una lágrima corrió por la mejilla del padre de Luz. El hombre no soportaba más los susurros… ¡Basta! ¡Basta por favor! – gritó el mismo. Sus gritos rompieron los sueños de Luz, que se despertó y fue hasta donde se encontraba su padre. La niña, al ver la imagen de su padre, demacrado, pálido y temblando en un rincón del living de la casa, echó a correr hacia él y lo abrazó. El padre la tomo de la cintura y le dijo todo lo que la quería.
Luego de un rato, el hombre se levantó, tomó a la niña de la mano y la llevó hasta el cuarto para que volviera a dormir. Le contó un cuento corto infantil, la niña, sonriendo, se durmió. Y las voces otra vez: ¡grrrrr! ¡muerte, fuego, odio! ¡muerte! El hombre cerró los ojos y los susurros cada vez eran más fuertes. En un clic que le pinchó el cerebro, le agarró un ataque de bronca, sin pensar la acción, el hombre tomó la almohada, la puso sobre la angelical cara de Luz, apretó fuerte y la muerte fue por asfixia. El hombre había matado a su hija. Llamó a su hermano, a las 3:15 horas de la madrugada. Con mal humor, el hermano del hombre preguntó quien era. Sólo dos palabras le dijo el hombre a su hermano: la maté, y colgó. ¡Era mi hermano! gritó desesperado el tío de Luz. La mujer despertó y luego de las explicaciones de su marido acerca del llamado, el mismo intentó llamar a la casa de su hermano. Pero el teléfono daba descolgado. El hombre había tomado un revolver que tenía por seguridad, guardado en un viejo placard, a una altura que Luz (ya muerta por asfixia) nunca hubiese podido alcanzar ni ver. Se pegó un tiro en la sien. Esa acción la llevó a cabo en el cuarto donde antes dormía con su mujer. En el piso de madera se formó un charco de sangre. La noche se hizo vieja; El hermano del hombre, que tenía las llaves de la casa del mismo, desde que este empezara con los problemas mentales, se dirigió con urgencia hasta la misma, abrió la puerta y vio toda la escena. Entre llanto, intentó despertar a Luz, pero al rato se dio cuenta que la niña ya no respiraba.