martes, 12 de febrero de 2008

EL HOMBRE DEL JARDÍN


Cuenta una vieja historia acerca de un hombre y una mujer, que se querían mucho. Vivían en una casa con jardín trasero y un pequeño espacio de losas a la entrada.

El hombre acostumbraba, de forma asidua, a podar los árboles del jardín. Esa labor la emprendía por las mañanas. Por las tardes trabajaba con su máquina de escribir, ya que el mismo era escritor y vivía de las letras. Tenía una vida tranquila. Pero por las noches abandonaba la casa y su amor y partía a encontrarse con amigos, ya que para la mujer no era de agrado que los mismos vinieran a su casa a tomar cervezas y jugar cartas. Ella amaba la noche, meditaba, miraba televisión y se acostaba con el alba. Se levantaba al mediodía, preparaba el almuerzo para ella y su esposo y seguía con las tareas de la casa.

Hubo una noche en que el hombre y sus amigos salieron a un boliche. El hombre les dijo que, como era casado, sólo aprovecharía el local para beber unos tragos y escuchar música a más volumen que el que acostumbraba. Los amigos lo entendieron y todos salieron de parra. Pero ocurre que el hombre, sentado a la barra del boliche, vio una morena encantadora que le llenó el estomago de hormigas. Se miraron, casi sin quererlo, y la muchacha (unos cuantos años menor que él) le indicó con el dedo índice, que fuera a su encuentro. El hombre estuvo sentado mirándola unos cuantos segundos, hasta que reaccionó y se olvidó de su compromiso matrimonial. Quizá el alcohol influyó en la decisión de acercarse a la muchacha y bailar con ella unos cuantos lentos.

6:15 hs. Los amigos trajeron al hombre hasta su casa en el auto de uno de ellos. En el mismo se encontraban todos y la muchacha. Fue muy irónico; el único que se veía limitado a ir al boliche fue, asimismo, el único que encontró una mujer que le dejara su número telefónico. El hombre los saludó y, sabiendo que su esposa, casi con seguridad, estaría durmiendo, como siempre a esas horas, saludó a la morena con un beso en la boca, en la boca y fervoroso. La mujer había oído el ruido de los frenos del coche y los murmullos de los amigos y su esposo, ahí frente a su casa. Se levantó de la cama y lo vio todo, el beso también.

Para sorpresa del hombre, su esposa se encontraba levantada. Gracias a un dios que él se había borrado, con un pañuelo, el rouge que la morena le había dejado pintado en los labios. Su esposa se hizo la desentendida y le pidió al marido que fuese a la cama. Todo esto, luego de que el hombre confesara toda la verdad menos la de la muchacha.

Los dos se recostaron en la cama matrimonial. La mujer le contó que no había podido conciliar un buen sueño y que dormiría hasta pasado el mediodía. El hombre le prometió podar los árboles del jardín durante la tarde y escribiría hacia el atardecer. La mujer, en plena vigilia de su esposo, casi dormido, le susurró al oído: no hace falta que podes, yo podaré por ti. El hombre no entendió las palabras, le dijo que no se preocupara, que él lo haría. Pero ella insistió. Podaré ahora mismo, le dijo. El hombre, totalmente desorbitado cerró los ojos esperando que el sueño le llegara. La mujer le susurró otra vez al oído: podaré ahora. Sin tiempo de que el esposo de la misma pudiera contestarle, agarró la podadora que había traído de la sala de herramientas y que ahora la tenía a su lado de la cama. La abrió ampliamente y cortó el pene de su marido: un grito espantoso se oyó aquella mañana. La mujer durmió entre sangre, con el hombre delirando de dolor y muriéndose en la cama matrimonial. ¡Te vi besar a una muchacha! Le dijo. La mujer durmió hasta pasado el mediodía. El hombre murió lentamente, desangrado.

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