miércoles, 24 de diciembre de 2008

UNA SOCIEDAD ENFERMA 0.1

La enferma muchedumbre a la que habitual y cotidianamente llamamos sociedad, está contagiando su enfermedad, provocando la creación de sabios, huraños, ermitaños, ídolos que se derrumban, etcéteras. El amor está quedando a un lado para dar paso al desenfreno carnal. La sensibilidad de la ternura y la emoción se están ahogando de pena en un vaso de vino barato en un habitación de 2x2, bien al fondo, donde nadie ve... así llega el momento de los corazones duros, de los hombres que no lloran, de las mujeres que visten igual en el trabajo como en las salidas, de los varones no varones, de los carenciados que mueren de hambre mientras un niño de diez años mató a una mujer embarazada porque se resistió a entregarle la cartera, murieron dos vidas a la vez; el padre del niño: ni enterado o satisfecho o destruido.

La policía, esa que ha de cuidarnos es la que pacta con los ladrones de armas blancas... luego, los peores, los ladrones de guantes blancos que seducen con discursos que ya no seducen sino que provocan. Igual roban, porque en el poder cualquiera es inmune a ello. Más ladrones de guantes blancos: en la justicia, en la iglesia, en los laboratorios, en la empresa personal, en el estado todo, en lo privado total.

Mi vecino no me conoce y me señala con el dedo, yo me señalo solo, ¿bien? Así, son más los defectos que las virtudes en mí, pero siempre hago todo lo posible para que esas pocas virtudes hagan olvidar, a lo menos por un rato, a esos defectos, tan extraños, raros y poderosos. No soy causante social, me consideré célula muerta durante 8 años. Hoy, vuelvo a la muchedumbre que todos llamamos sociedad. Que me vaya bien sólo depende de mí y si alguna vez estuve enfermo no fue culpa de la sociedad, lo mío fue mío, propia culpa, autocastigo ayer, autocrítica hoy... y la sociedad: enferma tanto que algunos matan por rabia, desconsuelo, despojo, distracción, impotencia, soledad o aturdimiento. Otros lo hacen por despecho o por hambre, no hay demasiadas opciones y las hay muchas a la vez.

La sociedad y yo, yo y la sociedad: somos incompatibles. Me queda hablar con un dios, salir al asfalto y ver qué ocurre con mi polo opuesto, en todos sus sentidos. La sociedad y tú, la sociedad y los demás, la sociedad y yo.

Lo maravilloso de todo esto: todavía queda gente buena, pura e inmaterial.

viernes, 19 de diciembre de 2008

SOCIEDAD XXI

En una sociedad donde todo parece se ha prostituido.

Donde los varones andan con una pava hirviendo entre las piernas, listos para un touch and go, y las muchachas los prefieren así. Se olvidaron del varón, simplemente del varón.

Donde lo invisible a los ojos se ha hecho, incluso, invisible al alma.

Donde las tribus urbanas (emos, flogers, darks) están enfrentadas y parecen ser el conflicto social más importante, al menos para la prensa basura.

Donde los de a libros a montones son parte de ese maldito porcentaje de desocupación o de ese trabajo insalubre y los descamisados de charlas de café consiguen un puesto en la municipalidad.

Donde el político medio es honorable y el hombre que se quedó sin nada, por no pertenecer a la raza de los de la mano en la lata, es un peligro, un paria social.

Donde el que más dinero tiene más fina compra la falopa y los que nada tienen, los marginales, en riesgo de muerte, se drogan con drogas súper baratas como el Paco, que es restos de un naufragio.

Donde los sátrapas inmorales duermen a pierna suelta y los honestos de a pie se desvelan porque crujió un mueble.

Donde el que más sabe menos amigos tiene y más enemigos parece tener. Donde vence el burro aquel que en años del ayer quedaba entre la espada y la pared.

Donde el genio se emborracha solo en una habitación, porque es incomprendido por los mediocres que son cháchara y aceptación social. También están los trabajadores de buena fue, que trabajan de sol a sol y son agua y pan y el recreo nunca les llega.

Donde la envidia es un patrón común y la gloria en vida es resistida en el sistema corrupto y mafioso.

Qué extraño es para mí criticar a la sociedad, a la cual no deseo pertenecer. Pero qué ocurre… No tengo trabajo ni estudio ni una pava hirviendo entre las piernas. No me considero vivo ni enterrado. Me considero un vago que sólo intenta lo que no intenta.

Será que me enfermó la sociedad. Será que el mundo es así. Pero me consuelo, con saber que todo llega, que el silencio de los grandes hace más ruido que el grito de los mediocres.

jueves, 11 de diciembre de 2008

$4

A $4 la medialuna y el café, en Retiro.

Suelto el candado en Barrio Parque y me encadeno en Once.

Es la humedad y ese calor y es la hornalla Buenos Aires.

Es el encargado de edificio timbre – cana,
el pendejo de la esquina
y es la vida real que agoniza en una abuela o en un vaso de alcohol y raya cocaína.

En Buenos Aires, es el chofer del colectivo el que putea un par de más
o el taxista que te pasea.

Es el sudor en la camisa o en la remera, bajo el sol de Buenos Aires.

Y es en Baires, donde me encierro y me emborracho con tres botellas de cerveza.

Es el mendigo, el vagabundo. Es el que pide una moneda.

Es la inmundicia de Buenos Aires una ensalada caliente
o un hormiguero desordenado.

Mejor me quedo con la medialuna, también con el café
que bajo el cielo inmóvil de Buenos Aires, tan sólo cuesta $4.

jueves, 4 de diciembre de 2008

EL RITUAL

La niña estaba siendo crucificada en una cruz de madera que los propios padres le habían construido. El sol estaba cayendo detrás del horizonte; momento crepuscular.

La niña estaba atada de manos y pies. Bramaba con dolor y pánico; los padres, al caer el sol, prendieron velas y apagaron todas las luces de la casa.

La madre tomó un clavo ancho como pocos. El padre tenía un martillo de hierro, pesado. El mismo tomo el clavo de las manos de su esposa, lo ubicó sobre la superficie de la muñeca izquierda de la niña, tomó impulso y clavó. ¡Un bramido desesperado de dolor! La pobre niña vio como un chorro de sangre saltó disparado de su muñeca al piso donde estaban realizando el ritual. Otro clavo, otro grito, este más enfático aún. Las dos muñecas de la niña estaban clavadas a la madera de la cruz.

El padre, todo desquiciado, vio un reflejo de Jesús en el rostro de la niña. Como el mismo era de creencias musulmanas, ya que descendía de padres turcos, juntó los pies de la pobre niña, uno sobre otro… y martilló. La niña apenas emitió sonido alguno. Se estaba muriendo desangrada y su corazón a punto de colapsar.

Un patrullero vigilaba la zona, de repente vieron velas en una de las casas de la ciudad y, al ver que el resto de las casas tenían luz propia, les llamó la atención, aunque pensaron que las velas se deberían a un corte de luz local (de la casa).

La madre, ahora tenía una estaca entre las manos. El padre se la pidió. Apoyó la misma sobre el estómago de la niña… martilló. La muerte fue instantánea.

Esto pasó hace 50 años, en la provincia de Catamarca. Los padres de la pequeña fueron arrestados y condenados a prisión perpetua. Ambos murieron en la cárcel. Dicen en el pueblo que a veces, de la casa donde murió la niña, además de oírse los movimientos de los inquilinos, se oyen llantos y bramidos fantasmales. Es una creencia de gran parte del pueblo, una creencia que se oye. Aunque uno debe estar en los oídos de las personas para saber si realmente oyen llantos y bramidos o si simplemente lo están inventando para llamar la atención en una de las ciudades más desiertas de Catamarca.
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La ignorancia contagiosa subconsciente colectiva, ahoga al más sabio y aventaja al más burro