UNA SOCIEDAD ENFERMA 0.1
La enferma muchedumbre a la que habitual y cotidianamente llamamos sociedad, está contagiando su enfermedad, provocando la creación de sabios, huraños, ermitaños, ídolos que se derrumban, etcéteras. El amor está quedando a un lado para dar paso al desenfreno carnal. La sensibilidad de la ternura y la emoción se están ahogando de pena en un vaso de vino barato en un habitación de 2x2, bien al fondo, donde nadie ve... así llega el momento de los corazones duros, de los hombres que no lloran, de las mujeres que visten igual en el trabajo como en las salidas, de los varones no varones, de los carenciados que mueren de hambre mientras un niño de diez años mató a una mujer embarazada porque se resistió a entregarle la cartera, murieron dos vidas a la vez; el padre del niño: ni enterado o satisfecho o destruido. La policía, esa que ha de cuidarnos es la que pacta con los ladrones de armas blancas... luego, los peores, los ladrones de guantes blancos que seducen con discursos que ya no seducen sino que provocan. Igual roban, porque en el poder cualquiera es inmune a ello. Más ladrones de guantes blancos: en la justicia, en la iglesia, en los laboratorios, en la empresa personal, en el estado todo, en lo privado total.
Mi vecino no me conoce y me señala con el dedo, yo me señalo solo, ¿bien? Así, son más los defectos que las virtudes en mí, pero siempre hago todo lo posible para que esas pocas virtudes hagan olvidar, a lo menos por un rato, a esos defectos, tan extraños, raros y poderosos. No soy causante social, me consideré célula muerta durante 8 años. Hoy, vuelvo a la muchedumbre que todos llamamos sociedad. Que me vaya bien sólo depende de mí y si alguna vez estuve enfermo no fue culpa de la sociedad, lo mío fue mío, propia culpa, autocastigo ayer, autocrítica hoy... y la sociedad: enferma tanto que algunos matan por rabia, desconsuelo, despojo, distracción, impotencia, soledad o aturdimiento. Otros lo hacen por despecho o por hambre, no hay demasiadas opciones y las hay muchas a la vez.
La sociedad y yo, yo y la sociedad: somos incompatibles. Me queda hablar con un dios, salir al asfalto y ver qué ocurre con mi polo opuesto, en todos sus sentidos. La sociedad y tú, la sociedad y los demás, la sociedad y yo.
Lo maravilloso de todo esto: todavía queda gente buena, pura e inmaterial.




