miércoles, 17 de septiembre de 2008

LA CASONA DE ESTANCIA VERDE

El día oscurecía. Los ladrones, que eran tres, huían en un viejo Renault. La policía los perseguía con sus coches azules. Los ladrones se atrincheraron rápidamente en una vieja casona del Gran Buenos Aires, en un lugar llamado Estancia Verde. Trabaron la puerta con un palo de hierro. La policía los buscaba pero la misma nunca se enteró dónde se habían escondido los malhechores. Eran perseguidos por robo a mano armada, aunque no habían matado a nadie, habían robado un negocio de bebidas.

Así se hizo la noche. El lugar era caluroso debido a las ventanas nunca abiertas, caluroso pero húmedo. El aire era asfixiante y quieto. Los ladrones buscaron maderas para encender en un abandonado hogar. Rompieron unos escalones y prendieron fuego a los mismos, dentro del hogar. La madera se hizo leña y la leña encendida se hizo fuego crepitante que daba calor al sitio donde los ladrones se encontraban (un vasto living sucio, con una mesa redonda llena de polvo). Los malhechores cargaban con armas y bebidas alcohólicas. Embriagados, empezaron a pasarse un revólver, sin balas, según ellos comentaban. ¡Ruleta rusa sin balas!, alardeaban los malhechores. Uno de ellos gatilló y nada (mientras, seguían bebiendo). Otro gatilló y tampoco nada, hasta que el tercero de los ladrones gatillo… y nada también. El revólver descargado descansaba ahora en el suelo polvoriento. Los ladrones se durmieron. Al rato, uno de ellos, el más inquieto, se levantó y empezó a jugar con el arma. Gatilló dos veces sobre su sien. Otro gatillazo al cráneo de uno de sus compañeros, pero esta vez la bala salió disparada a potencia – más dar. De súbito, despertó el tercer ladrón y, en discordia, corrió hacia la puerta y quitó el palo de hierro que trababa la puerta. Golpeó en la cabeza al indefenso compañero (ya que el arma había quedado sin balas) y, debido al peso del palo, el compañero ladrón, cayó muerto, haciéndose en el suelo un charco de sangre, junto al otro compañero muerto. Quedaba un sólo ladrón en pie. El mismo nunca supo que su compañero no había querido matar a su amigo. Pero en fin, ebrio y somnoliento, recordó que en la mochila había otro revólver, quizá cargado. Lo tomó y salió al pastizal delantero de la casona. (Los vecinos habían avisado a la policía por los balazos oídos a esas altas horas). El ladrón, enfrente de dos móviles de policía se pegó un tiro en la sien, y se desplomó. Los policías corrieron a asistirlo en vano, ya que un tiro en esa parte del cuerpo, del cerebro, era mortal para cualquier ser humano. Otros policías entraron, en posición de defensa, a la vieja casona, donde sólo encontraron dos cuerpos muertos de un disparo en la cabeza. Los cuerpos fueron llevados a la morgue del hospital más cercano.

En una habitación de la casa, escondidos en un entretecho, había tres cajoncitos pequeños, con cenizas (restos de cuerpos cremados). Y una tarjeta que decía: Aquí yacen los espíritus de Marcos, Pablo y Santiago, los tres ´bandiditos´ de Estancia Verde. Por siempre los recordaremos en memoria y corazón. Sus padres: Andrea y José.

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