miércoles, 9 de enero de 2008

DE LOS LIBROS AL INFIERNO

Con las ventanas cerradas, las cortinas en velo y las persianas caídas, sin un gramo de luces del sol en mi habitación, dispuesto a escribir lo que la memoria del corazón me indicara, sin saberlo, en ese momento. Esperando recibir algo de esa alquimia bendita y bendecida, porque el talento no existe, es espíritu o destino. O solo cadencia. O tal vez... una forma de inteligencia. Y una frase se me vino a la memoria, frase que luego blandió a mi corazón. Es que perturbado yo estaba por el momento del mundo, que nunca cambia. Tuve mala suerte: no sería como tantas veces... el momento de apuntar la mirada a lo que nunca vemos... aquello abstracto. Era realidad, aunque, para algunos, negada realidad, o cegada realidad. Y la frase, de Thomas Mann, resonaba así... De esta fiesta mundial de la muerte, de esta mala fiebre que incendia el cielo, ¿se elevará el amor algún día?, esto se preguntaba el autor al terminar La montaña mágica. En esta obra se enfrentan los libros con la vida. Las arenas de la historia no dan muestras de haber traído respuesta a esa pregunta fundamental, entonces me pregunto, como tantos más se preguntarán, acerca de los libros.¿Sirven de algo esos objetos que se fueron sacralizando y que pocos se atreven a criticar? Y si es así, ¿para qué sirven?Tantos adjetivos hay que no alcanzan... Hay libros originales, reiterados, agradables, frívolos, vitales, innecesarios, acoplados, inarticulados, iluminadores, perturbadores, inspiradores, inmóviles, ostentosos, reservados, osados o tímidos, divertidos, aburridos, comprensibles, nebulosos, verdaderos, mentirosos, testimoniales o ficticios, claros, oscuros, ocasionales o profundos, desafiantes o serenos, sanos, enfermos, aliviantes o dolientes, y un puñal en mi frente... porque tantos adjetivos pudiera haber que no tuviese sentido seguir escribiendo ya que nunca los alcanzaría al vuelo, tampoco tuvo sentido haberlos escrito, pero lo escrito es huellas en la arena, se debe borrar solo o lo harán quienes caminen detrás de mí, yo no podré hacerlo. Ya no intento hablar de adjetivos de libros... me sale muy mal. Solo que, desde mi forma de ver los libros (que es humilde pero sincera y no está de más decir que mis principios son un nuevo divieso de arena en el mar, y los hay por millones), puede haberlos buenos y malos: que eso es posible. Pero siempre es subjetivo, libros buenos y malos habitando en nuestra mente, alejados de la realidad. Dentro de los malos libros, no por malos sino por malvados, no por causa de calidad sino por consecuencia de nuestros gustos; los hay diversos. Los dos primeros, paradójicamente, los defino con el nombre de dos personajes de la historia que atrapan mi inquietud por saber más de ellos. Los libros Frankenstein (hechos según el cortar y pegar que la computadora propina, que no es lo mismo, y acaso lo contrario, que juntar selectivamente nuestras mejores líneas para engendrar así un buen libro, o un buen poema); los libros Drácula (que succionan nuestro tiempo y no dejan nada) y los libros virus, aquellos que se reproducen sin que sea posible saber cómo, hasta cuándo, con qué consecuencias y hasta qué punto la veracidad y nobleza de su justificación.Por estos tres tipos de libros, creo, no es de extrañar que muchos se alejen de la lectura. Entre las realidades de lo que llamamos civilización creció la industria editorial, frente a la que sería bueno recordar que la lectura es artesanal, como lo es el amar. Y el escribir es sentimiento, como el amor, que no se puede inventar, fabricar o comprar. Al menos es espíritu, que también es un estado del amor.Yo creo estas cosas sólo por creer, y por querer creerlas también. Y como creo me desarmo en creer que la lectura sirve para reconocer lo que no es infierno, cuando el infierno es el centro de nuestras vidas y en medio del infierno vivimos. Y lo que es cielo, cuando todo es nubloso. Lo que es el amor verdadero, en un tiempo en que ese amor se está extinguiendo...

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